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En Haití coexiste una minoría de ricos sin rasguños por el sismo

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Toman aguas francesas, pueden comprar queso camembert de Normandía, adquirir un aromático aceite de oliva italiano e incluso distraerse con revistas de farándula francófona: son los ricos de Haití, una minoría ilesa del sismo y que aprovecha el caos para hacer negocios.

En el distrito de Pétion Ville, en la falda de las montañas de Puerto Príncipe, una serie de supermercados fundados y administrados por sirios, están provistos con productos que van mucho más allá de la cesta básica de un país pobre, e incluso con caprichos que son una cachetada en una sociedad con hambruna: productos y recetas en revistas para adelgazar.

“Vendemos comida, esto nunca va a andar mal. La gente siempre comprará para comer”, se jacta Moussa Aballa Nahra, el propietario de 70 años de Royal Market, un supermercado sencillo por fuera pero atiborrado de bombones europeos, aceitunas portuguesas, vinos chilenos y exquisiteses enlatadas, casi todo a los mismos precios que en Estados Unidos, y a veces hasta más caro.

Nahra llegó a Haití en 1961. “Esto era un paraíso, muy bonito y prometía prosperidad”, dice al lado de su esposa, también originaria de Tartus que cuenta orgullosa que sus tres hijos son haitianos.

Los Nahra pueden ser una de esas pocas familias sirias en las cuales uno de sus hijos, “el varón, se casó con una haitiana, no es negra, mulata, muy linda”, aclara la madre del clan, que ahora es abuela de “estadounidenses, porque mis dos hijas se han ido allá a tener a sus hijos”.

Estas familias de comerciantes o propietarios de hoteles y tierras, son los que integran el 5% de los ricos de los casi nueve millones de habitantes de Haití, una clase alta que casi no sintió el terremoto del 12 de enero en sus casas encaramadas sobre colinas con pinos que miran al Caribe.

“Yo vivo aquí sólo por el negocio”, aclara Joseph Hanna, un joven de 28 años que habla más español que francés porque se vino de Venezuela a Haití hace tres años.

“Este es un lugar tranquilo, la gente aquí es muy buena”, dice Hanna en el Olympia Market, donde incluso hay comida y accesorios para perros, mascotas símbolo de bonanza en una nación devastada por rebeliones, dictaduras, pobreza y ahora un terremoto que echó por tierra la poca infraestructura que había.

Pero dentro de estas clases altas también están aquellos haitianos blancos o mulatos, cuyos abuelos extranjeros se mezclaron con nativos, como la familia polaca judía y libanesa de Alicia Bigio, dueña del Villa Creole, un hotel de la década del 60 en Pétion Ville, que el sismo casi derrumbó.

“El 21 de febrero cerraremos para tomarnos el tiempo de pensar qué hacer. No pierdo la esperanza de que podamos recomenzar, con ayuda de créditos estatales”, dijo Bigio, que administra el negocio heredado de sus padres desde Washington, donde vive con su esposo italiano y dos hijos.

Bigio viajó a Puerto Príncipe tras el sismo y se le llenan los ojos de lágrimas al hablar del impacto que a tenido sobre la población.

Rememora su país de “los 60 y antes, cuando teníamos universidades, buenos profesores”, dice la hija del oncólogo que trajo la radiología a Haití y cuyo hotel está alojando hoy a gran parte de la prensa internacional que cubre la devastación de su nación, y también a sus empleados, refugiados en carpas en los jardines.

“Menos mal que tengo a mis dos hijos estudiando en Burdeos”, suspira Patricia Steed Attié, la propietaria haitiana del Papaye, un restaurante-lounge que con un martini en mano, el funky electro de fondo y las caras europeas de su clientela, hacen olvidar que a sólo unos kilómetros hay más de un millón de personas sin techo subsistiendo entre escombros.

“Yo cerré tres semanas, pero creo que es mejor abrir y así mantengo el trabajo a mis empleados, es una forma de ayudar, de no darse por vencido”, agregó Steed Attié.

“Aquí no falta nada, no tengo problemas de seguridad, y el negocio va bien”, dice Nahra afirmando que “nunca ha querido irse de Haití, aunque ahora que estoy viejo me gustaría morir en Siria”.

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